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Santa Crus
HIELOS CONTINENTALES


Texto y fotografías: Celine Frers

Mi vocación de tomar fotografías y de transmitir el misterio de la naturaleza y de la gente que la habita, me llevó a conocer lugares recónditos y difíciles de alcanzar por el hombre. La Patagonia es uno de los lugares que me atrapa y que me obliga a volver constantemente; cada viaje es un lugar único por descubrir y es volver a sentir la pequeñez del hombre ante tan magnífica realidad natural. Uno de los viajes en el cual pude experimentar la grandeza del paisaje, fue sin duda, la travesía a los Hielos Continentales, en la provincia de Santa Cruz.

En un comienzo el viaje estaba planeado para los primeros días de noviembre, pero yo había tenido una operación de rodilla recientemente y todavía no me sentía fuerte para poder hacerlo. Fue a principios de diciembre que decidimos emprender el viaje para conocer los heroicos Hielos Continentales y así es como viajamos de Bs As –Calafate, para luego llegar el Chalten.

Era una experiencia nueva para mí, si bien había escalado en roca y subido algunas montañas menores, nunca había realizado una travesía de esta envergadura con tanta exigencia de la geografía: muy bajas temperaturas, fuertes vientos, terreno muy desparejo y traicionero. En total éramos cinco personas amigas más dos guías, todos aficionados a la escalada y con buen entrenamiento.
Al llegar al Chalten lo primero que nos pidieron los guías fue revisar y chequear qué equipo tenía cada uno de nosotros. Unos meses antes nos habían enviado una lista con los elementos fundamentales para llevar a los Hielos, pero fue recién ahí cuando me di cuenta de que la mitad de mi equipo no estaba a la altura de la expedición.

Yo me había preocupado por llevar el equipo de fotografía completo con otro cuerpo de cámara de repuesto, muchas baterías y memorias, y una buena mochila de escalada para cámara; pero había pasado por alto las recomendaciones fundamentales de nuestros guías. Dado que ya sólo con mi equipo fotográfico tenía suficiente peso, y por mi intención de ir lo menos cargada posible para poder moverme más agilmente para hacer las fotografías, sólo contaba con un buen par de botas de escalada y buena ropa de invierno, pero claramente no era suficiente.

Renegando y dudando un poco de la seriedad que le estaban dando los guías a todo el asunto, compré lo que me estaba faltando en el Chaltén, incluido una mochila de 80 litros. Debía llevar conmigo todo lo necesario para mi supervivencia: bolsa de dormir, crampones, raquetas de nieve, comida, agua, arnés y ropa de abrigo, suficiente para ocho días (aunque la travesía fuese de seis). Y además de toda esta nueva carga, tenía que llevar mi equipo de fotografía; no sin frustracion tuve que dejar algunos lentes, trípode, y otros escenciales de mi equipo. Sólo una vez arriba me iba a dar cuenta de lo importante que habían sido las previsiones de los expertos guías y de lo fundamental de tener un buen equipo de montaña, completo.


El primer día comenzó a las 6am para salir del Chalten y así despedirnos del confort y adentrarnos a la incomodidad, pero a su vez, a la incomparable naturaleza. Una camioneta 4x4 nos llevó hasta dónde permitió el camino, y ya desde este punto en adelante no íbamos a tener ningún tipo de conexión con la civilización. Durante las primeras horas de andar el paisaje era muy verde, de bosque, pero sabíamos que a medida que avanzásemos iba a tornarse cada vez más árido y duro. Si bien hacían 5 grados de temperatura y estaba nublado, teníamos suerte de que no soplaran fuertes vientos ni lloviese, ya que así es el clima típico de la zona.

Caminamos por tres horas hasta encontrarnos con el primer desafío: cruzar el caudaloso río Eléctrico. Implicaba un fuerte desafío por la bajísima temperatura del agua de deshielo y además por su fuerte corriente. Los guías fueron los primeros en cruzar para chequear que el paso sea el adecuado, una vez comprobado esto, cada uno de nosotros se dispuso a sacarse las medias, arremangarse los pantalones y así alistarse para cruzar. El primer pie en el agua fue un shock, hasta logró hacerme replantear toda la expedición, y pensar que esto era sólo el comienzo…

Los pasos siguientes no fueron tan duros como el primero, pero a medida que avanzaba iba perdiendo sensibilidad en las piernas y así empezaba a trastabillar con las piedras del lecho del rio. Las mochilas pesadas y los equipos de fotografía empeoraban la situación, porque tendían a hacerme perder el equilibrio. A medida que íbamos llegando a la otra orilla, comenzábamos a masajearnos los pies, intentando recuperar la circulación. Me saqué mis zapatos mojados y ya con mis botas de alta montaña, comenzamos un ascenso más pronunciado. El paisaje se fue de a poco transformando en escarpado e inhóspito, era magnifico ver los cambios de paisaje y vegetación que alteraban nuestro andar. Igualmente sabía que las condiciones para hacer fotos ahí iban a ser mucho más benévolas que en los días posteriores.


Luego del cruce de un segundo río más pequeño, hicimos la primera parada para almorzar. El grupo ya se empezaba a consolidar y todos estábamos muy motivados por la expectativa que significaba conocer los Hielos Continentales. El cansancio se hacía sentir, pero durante el almuerzo el clima de distención, con una divertida charla y chistes, se hizo presente. Restaba todavía medio día de ascenso, pero el disfrute de estar sumergidos en esa realidad y encontrar muchos rincones y momentos dignos de fotografiar, hizo que el desgaste físico pareciese mínimo. Tuve una buena sensación al llegar al lugar de acampe, sentía que mi rodilla estaba respondiendo bien a las exigencias y no se había hinchado demasiado por el ejercicio. Esa primera noche dormiríamos en una playa, cerca del río. No tardamos en armar las carpas y ponernos a cocinar algo calentito para saciar el hambre voraz que todos sentíamos. Encendimos un fogón, y con la satisfacción de haber cumplido con el primer día nos relajamos a disfrutar del último sol de la tarde en un soberbio marco natural.

Los guías ya nos habían advertido que el segundo día sería el más duro: teníamos que subir al glaciar por el paso Marconi, ascendiendo 800mts de altura por el hielo, para llegar al refugio chileno. El día comenzó con un paso muy complicado, teníamos que atravesar la morena del Marconi a través de un caminito muy angosto que tenía mucha piedra suelta que amenazaban con derrumbarse en cualquier momento. Era un escenario increíble para tomar unas fotos, pero era imposible detenernos por el peligro de derrumbe. Una vez sorteado esto, llegamos finalmente al pie del Glaciar Marconi: uno de los pasos para llegar a los campos de hielos continentales.

A partir de este momento el color blanco comenzó a tomar protagonismo. El calor inusual de este diciembre había complicado más el terreno, abriendo grietas prematuramente y haciendo que la trepada al glaciar fuese más empinada y dificultosa. Los guías debieron esculpir escalones en el hielo con sus piquetas para que tengamos donde pisar sin resbalarnos. Una vez en el glaciar, nos colocamos los arneses e hicimos 2 cordadas, cada una encabezada por un guía; además nos calzamos las raquetas de nieve con crampones, para no patinaros en el hielo ni hundirnos en la nieve.


El Glaciar Marconi forma un efecto de embudo para los vientos que provienen del Hielo Patagónico y el Océano Pací?co, generando ráfagas cargadas de nieve y hielo, que agregaban un desafío más, no solo físico, sino mental, para cada miembro de la expedición. Para pintar un panorama aún más complejo a cada rato se oía algún estruendo, fruto de alguna avalancha provocada por un desprendimiento de un glaciar que se posaba en el Marconi. Al principio las veíamos caer a lo lejos, admirados. Pero a medida que ascendíamos los estruendos eran más fuertes y los desprendimientos ocurrían cada vez más cerca nuestro; en un momento uno de los guías gritó “Corran” , y todos olvidamos el tamaño de nuestras mochilas, la fuerza del viento, o que teníamos raquetas de nieve en nuestros pies, y salimos disparados en dirección opuesta a la montaña. La avalancha se detuvo a sólo 100mts nuestro. Luego de tanta tensión y viendo nuestra rapidez de reacción cuando todos nos pensábamos exhaustos, reímos aliviados.

Paso a paso nos fuimos adentrando en el glaciar, y a medida que disminuía el riesgo de caer en grietas, se hacía más difícil respirar por la falta de oxígeno. La pared blanca por la cual ascendíamos parecía no tener fin, hasta que la planicie helada comenzó a ganar terreno; llegó un momento en que, repentinamente, el campo de hielo se develó por completo. Cualquier descripción sobre el paisaje que contemplábamos es insuficiente, estábamos solos ante la inmensidad del Hielo. Era un campo blanco sin fin, las pampas continentales, y a los costados, paredones y montañas. El Este estaba coronado por la cadena del Fitz Roy,y al Oeste, la cordillera de los Andes.

En ese momento pedí cambiar de cordada, ya que la otra avanzaba más rápido y me iba a permitir desplazarme mejor a la hora de componer cada foto. El hecho de que la temperatura era ahora bajo cero y de que el viento soplaba fuertemente, me hacían demorar aún más cada fotografía; para realizar una toma debía: apoyar la mochila, sacar la cámara, sacarme los guantes y las antiparras, asegurar ropa y equipo para que no se me volasen y luego de tomar la foto, guardar y calzarme todo nuevamente; y debía hacerlo rápidamente antes de que la cámara se me llenase de nieve o se me congelasen las dedos y quedasen insensibles. Nuestro destino final de ese día era un refugio chileno, la única prueba de civilización en todo el valle de hielo. Si bien podíamos ver el refugio sin dificultad, las distancias parecen ser próximas al no tener ningún punto de referencia, pero nos llevó otras 3 horas llegar hasta él, exhaustos.


Caía la tarde y nos sentimos liberados al sacarnos el equipo de escalada. Los guías nos prepararon unos mates mientras nos sacábamos la ropa mojada y nos abrigábamos para sentarnos afuera, en una punta del valle, a esperar el atardecer. Al haber visto el campo de hielo y los picos en su mayor esplendor uno siente como si hubiese llegado a la cima de una montaña. El premio mayor al esfuerzo realizado fue un atardecer indescriptible, con un cielo nítido y despejado, viendo el sol esconderse tras la cordillera de los Andes. Atardeceres como este son muy poco frecuentes por aquí, ya que el mal clima es el común denominador en esta zona.

Debido del cansancio del día anterior, el tercer día fue menos exigente. Fuimos de expedición al cerro Gorra Blanca, de 2860mts. Allí tome fotos del paisaje virgen desde la altura y no dejé de sorprenderme con todos los secretos que guarda la Patagonia. El hielo puede tomar inimaginable cantidad de formas, de colores y texturas que únicamente estando allí se pueden descubrir.

Esa tarde, volvimos a dormir al refugio. Este era un refugio militar con gran confort según lo que veníamos acostumbrados. Tenía una cocinita, y unas cuchetas que eran un descanso para nuestras espaldas doloridas. Los guías nos habían dado pautas claras para no atentar con el ecosistema del lugar y así reducir al mínimo la contaminación que podíamos generar. Por ejemplo, cada uno cargaba su propia basura y además los guías llevaban tubos en donde se guardaban los desechos humanos.


El día siguiente era prometedor, las condiciones meteorológicas (según el barómetro) eran óptimas y debíamos llegar al Circo de los Altares, al pie de la legendaria cara Oeste del Cerro Torre y lugar donde se puede ver al conjunto de picos del Fitz Roy en forma de semicírculo.
Emprendimos la marcha dejando atrás la comodidad del refugio y volviendo a sentir en nuestras espaldas el peso de las mochilas. Igualmente ahora, la carga se aliviana, los guías bajan los trineos que tenían atados a la mochila, llevando en ellos gran parte de la carga general (Carpas, comida, gas, etc.).


Si bien la distancia parecía corta, y nuestra marcha era ágil y constante, nos tomó todo el día llegar a destino. La vista de los cerros era impecable, no sólo podíamos ver el Fitz Roy, sino que también podíamos ver todo el cordón del Cerro Torre. Según la luz, que variaba a cada instante, los cerros parecían cobrar vida y transmitían diferentes formas y sensaciones. No podíamos pedir un mejor lugar para pasar la noche.


Al caer la tarde, demoramos más de una hora en construir nuestro campamento, ya que armamos paredes con bloques de hielo que servía de reparo del fuerte viento para nuestra carpa. Como todas las tardes, el cansancio se hacía sentir, pero cada vez más el corazón se llenaba de emoción al tomar conciencia de donde estábamos. A medida que la expedición de los Hielos Continentales Sur avanzaba, las expectativas se iban superando. Si bien he viajado mucho, la Argentina y sus paisajes no dejan de asombrarme.


Al día siguiente ya comenzamos a emprender la vuelta, que, si el clima seguía acompañando, nos tomaría sólo dos días. Es en este punto que uno comienza a sentir que la aventura va a terminar en algún momento, pero, habiendo cumplido con las expectativas físicas, uno puede disfrutar más plenamente y sumergirse de lleno en el blanco paisaje. Horas de caminatas parecen minutos, uno se mete en el ritmo del glaciar, y se deja perder en su vastedad. Ahora me permitía jugar más con los encuadres y, habiendo presenciado las vistas más importantes, mi cordada ahora estaba más relajada y me acompañaba alegremente en mis desvíos de ruta para lograr el encuadre perfecto.


Esa noche dormimos arriba del glaciar. Durante la cena en la carpa los guías nos contaron como íbamos a proceder en la bajada, y nos advirtieron acerca de los peligros del descenso del día siguiente. Si bien no sería un día tan cansador físicamente, debíamos estar atentos porque es en el descenso donde más accidentes ocurren.
El sexto día amaneció nuevamente despejado, era una bendición contar con este clima durante la bajada. Nos pusimos los arneses y crampones y nos dispusimos a seguir a nuestros guías de cordada. Con una marcha lenta pero segura bajamos del glaciar sorteando seracs y grietas. Un par de veces tuvimos que parar porque algún integrante de la cordada metía el pie en una grieta; afortunadamente, en ambas ocasiones, sólo se enterraron hasta la cintura.


Una vez abajo del glaciar nos sacamos el equipo de escalada y nos pusimos zapatillas más livianas. Era una sensación de libertad poder deshacerme de mis zapatos de montaña y de mi cordada. Ahora, aunque acotada por los tiempos de expedición, podía hacer fotos a mi antojo, sin tener que advertir a mis compañeros que se detuviesen o moviesen en cada disparo. La roca sin vegetación se tornó en bosque y, sin darnos cuenta, ya estábamos nuevamente en el Río Eléctrico. El caudal del río había aumentado y no era aconsejable intentar un vadeo en estas condiciones, por lo que tuvimos que tomar un sendero más largo para llegar al camino donde nos habían dejado.

Bien entrada la tarde llegamos al hotel donde habíamos dormido la primera noche. Si bien sentíamos cierta nostalgia por el fin de esta GRAN aventura, las ganas de bañarnos y dormir en una cama eran mayores. Estábamos todos tan sucios y cansados que dejamos los festejos para el día siguiente. La expedición había sido un EXITO, con palabras mayúsculas.



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